Sobre el primer deslumbramiento del amor, por Jack Farfán Cedrón
Las
situaciones que suceden y a su vez, las que no, dan un aire de misterio,
anhelo, añoranza, amor, miedo. Cómo si todo fuese y a su vez no. Como lo que
sucedió o tal vez no. La dicotomía de lo que permanece, que es de lo que se
duda si acaeció o si sólo es el anhelo, que nos hace suponer que pasó. En
términos científicos, está y a la vez no está. Como el gato de Schrodinher,
cuyo experimento en 1935 ridiculizó a la física cuántica. Una partícula sub
atómica es imposible de verse, mientras siga siento así de pequeña. Los seres
humanos seguimos siendo extraños, ya que, ante el primer deslumbramiento del
amor, creemos que por fin podemos verlo. Es con el corazón con el que miramos
lo verdadero. Mas lo verdadero, el primer chasquido, el único abrazo, el dial
remoto habitando en la ionósfera, nos asegura que ese recuerdo, deforme o
nítido, acaece según la impresionante idea, 99.99 % errada de cómo la vamos
deformando, según nuestros más caros anhelos.
Esta
experiencia amorosa o el primer deslumbramiento sucedió en 1995. La recreé en
2009 y hoy le di la última corrección. 1995, año en que empecé a escribir
poesía, a raíz de un hermoso sueño con ella. Es real. Existe. Pero muy remota
en términos terrenales. Lo que se conoce como “amor imposible” o lo que jamás
sucederá, aunque se alineen los astros o los billetes en la billetera. Toda una
vida. Lo que se conoce como “amor imposible”. Según la ciencia, no es del todo
cierto eso. Es un amor que tienes, pero no aquí. Una teoría loca y también
cómoda. Era un muchacho temeroso, tímido; incapaz de declararle lo que sentía.
Vino un gato dañino y me la arrebató. Fin del sueño. Las almas que en un
momento dado se encuentran, aunque no físicamente. Fue duro, intenso; tanto que
lo maravilloso ganó reino sobre el dolor. Dolió, como todas las musas que
pasaron por mi vida. Hoy casadas con tipejos.
En
términos cuánticos, el gato nunca te la arrebató. En ese momento, tampoco
fuiste tímido; se lo dijiste. Ella te aseguró que se aceptó a sí misma. Sin
embargo, en esta teoría hay algo que no encaja. Dice que cuando ella acepta,
algo ocurre con ella o contigo, uno de los dos muere en esas realidades, por
esa razón ya no la ves en sueños, es algo inexplicable, pero algo, algo; o sea
el todo, el todo y la nada no los deja. Hoy casadas con zarrapastrosos. Quién
diría. Y duele cuando en realidad tú sí te esforzaste, cuando le querías dar
algo bueno. También lo sentí. Bueno, cuando una mujer no es para uno, así
lluevan estrellas fugaces. Así se haga lo imposible. No podrá ser. Pero hay que
aceptarlo, no podemos hacer nada para cambiar ello.
Sentía
que ella me odiaba algún tiempo. No sé por qué estaba tan seguro de que ella me
odiaba; pasada la magia y todo ese rollo del enamoramiento. Quizá porque me
abrió su mundo y yo tuve tanto miedo, que no entré allí.
Pero
nada, nada inextinguible se compara a esa intensidad de cuando me miraba y yo
me paralizaba frente a ella. Era demasiado celestial para pasar a la atmósfera
terrenal. Tal vez no entraste a su mundo antes, por miedo; pero el hecho de que
lo recuerdes con esa intensidad significa que sí importó, que ella también
sentía lo mismo.
Y
nada de lo que se siente real, se pierde, así como así; aunque duela.
Creo
que jamás he estado tan próximo a la certeza, como cuando rememoro ese amor,
que no llegó ni se corrompió, siendo terrenal.
Ella
eligió su destino en esta tierra; yo elegí el mío; más allá de ella.
Espero,
espero. ¿Qué es esta tormenta de esperar a nadie? No tener un mendrugo, un
oleaje sempiterno, una sola cita, por más ridícula que fuera. La nada
gravitante, el amor que sucede una sola vez y no vuelve a repetirse, en la
alineación de los astros o los billetes en la billetera.
Jack
Farfán Cedrón
Septiembre
19, 2026
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