"Carnaval de conciencias", por Jack Farfán Cedrón

 


La ciudad devastada; 

la ciudad vejada

por pandillas harpilleras,

miserables.

Horda cerda y cochambrosa,

que si hinca la testa

es para planear apuñalamiento

a traición;

desmadre y exceso

hasta el vértigo;

batiendo el lodo miserable

que la tierra fértil y bendita

les prodiga,

en este valle de lágrimas.

 

Os han degradado aún más;

descendiendo las escalas del infierno.

 

La bandera flotante,

en un aire rarificado,

donde no existe más

ley de la gravedad

que la degradación humana

a mansalva.

 

Oscilando hasta alejaros remotamente

de todos los círculos del infierno;

en que para entrar se necesita siquiera

un ápice de conciencia.

Sin ella,

hemos caído hasta reptar

como las sierpes;

para enfangarnos

en que toda boa idea del Cornúpeta

nos ordena a piejuntillas

obcecar hasta el encandilamiento

de la francachela, de la ebriedad,

del horror, de la viva a fuego líquido,

pesadilla de los mil demonios juntos.

 

Hasta este punto insondable,

la ebriedad del amor

ha sido reducida a cópula salvaje;

a acto carnal donde la impune

mácula del cuerpo gana reino

en un estado de alucinación salvaje

que los hace verse dichosos,

orondos, ojosos.

 

¡Ah! ¡Falsa alegría!,

dicha de utilería rimbombante

hasta la degradación más abyecta,

culmen subhumano, irracional,

donde la fidelidad y la cercanía

no sirven más que para humillaros

los fantoches a los despojos.

 

Han sido llamados por el dios Val,

alarife del exceso, 

de la carne en llamas,

del refocilo instantáneo,

quisquilloso hasta la desesperación,

roce con el Cornúpeta.

Afasia prolongada hasta la apostasía

del marrano insaciable

que prefiere tragar el lodo que babea.

 

Una finísima sinfonía de la destrucción

se amalgama a la cadena de divertimentos,

a las pepas existenciales

que después de los desarrapados demoñuelos,

vocecitas feraces,

interiores,

te susurran al rellano de la oreja

mostrenca y peluda:

 

“Sigue, sigue, todo es carnaval

en esta viña salvaje”,

donde el apareamiento se da

todos contra todos.”

 

Una hedentina asfixiante

detona el cerebro,

donde las sinapsis

se autodestruyen por obsolescencia

cucufata; que; ora es más despierto

el que arranca las vestiduras,

a dentelladas,

deshilvanando salvajemente

hasta trocitos de piel

con que cerdamente

os alimentáis

hasta saciar el hambre viandante

obscureciendo vuestras sienes:

¡Ah, cobardes de pacotilla!

 

Para limpiar la suciedad

de vuestros corazones

harán falta edades, eones;

transmutaciones etéreas,

estados desesperados

de almas en un infinito Purgatorio.

 

¡Ahí el rechinar de dientes!

Quizá ello no sea suficiente;

quizá haya que untaros

con vuestra propia bosta;

y procederos a lameros con beneplácito,

como en el relato “El sueño del pongo”,

de José María Arguedas:

 

¡Ah, horda envilecida de comemierdas!

¡Lameros, pues el fachendoso y circular culo!

 

El fuego del maligno abraza los cuerpos.

 

Malasaña, vituperio, cópula, desenfreno.

Las fuerzas satánicas gobiernan el espíritu.

¡Qué digo! Ya el espíritu no existe

en esta boñiga pezuñentera

y cacasena de los mil zafarranchos juntos:

el carnaval de conciencias. 

 

La valva del mal te fagocita.

 

Las babas son promesas.

 

El ala siniestra del corazón de brasas

ya nada acuna de arrepentimiento

la solariega nez de los apestados,

el ala desternillada que por brazos

usan, en son de un compadrazgo abyecto,

que dura horas, hasta que caiga

el peso insoportable,

desesperante, de conciencia.

 

Hemos sido devorados

por aguas correntosas

de lo que jamás estuvo señalado,

ni con bala podrida,

ni con los testículos marranos

de tu dios que alabas,

¡Val de cuerno!;

ese becerro de oro,

gran fatal orgiástico

reventándote el espiráculo,

durante esta gran mierda del mundo,

el carnaval de conciencias.

 

Algún centinela justiciero

que acabe con toda esta masa hambrienta;

donde se juntan, en flejes y manejes,

todas las fuerzas obscuras

que en esta noche perra escupo.

 

¡Ah! ¡Hedor! ¡Podredumbre!

¡Flujos putrefactos!

 

Las venas desparramadas,

comistrajo de perros desorejados;

enloquecidos, velan duendes míseros,

que, como gallinazos matinales

desperdigan basural maloliente

a quemarropa.

 

La tufarada letrinesca hiede a kilómetros.

Miseria, inquina, despilfarro, maledicencia.

 

Y,

hordas apenas acariciantes,

jaurías del dios Val,

arremeten por la puerta de servicio

a los condenados a estupro, 

a fornicación, a sodomía,

a carne quemada por el uso y abuso

de cicutas coloridas,

con las que tranquilamente

se desintegrarían todas las pirañas del mundo.

 

Amos del mal,

esclavos del vicio,

del laxo como distendido

asnal despilfarro de los mil cochambres juntos.

 

Una lenta y perniciosa agonía

nos corroe los espíritus.

 

Lecho en que oscurecer,

lavabo donde sumergirnos,

para, en plausible apariencia,

transparentar, como con la sal

de días corrosivos,

remanentes míseros,

ojeras cadavéricas,

carne de cañón envilecida

a apostemada existencia,

redil adorador de miasmas últimas.

 

¡Ah, culpa del muerto cagado en el cajón!

 

Y la mentira, la conciencia pesada,

el desvelo gratuito,

las lágrimas de la medusa.

 

Arrancarán vuestras cabezas

los monstruos del desgano.

 

Después de asnal batalla contra la vida,

cegará la injuria, el llanto de calaveras

putrefactas, en vuestra maldita

oscuridad que no termina,

jamás de los carajos.

 

Llanto en las ojeras.

La ciudad devastada

por argos millones de lobos hambrientos,

amos de conciencias desveladas.

La ciudad cercada por crecidas,

por rayos justicieros y las lágrimas

de nuestra Madre Virgen Dolorosa.

 

¡Qué merecíamos durante

las más atroces pesadillas!,

para ser observadores de turbas impenitentes;

descollando vados, borrascas, pedregales;

miles de gentes sodomadas,

como viles esclavos del vicio.

¡Qué merecíamos durante

vuestras blandas pesadillas!

 

El mal calando conciencias;

hasta mísera claridad apagada;

signo ineludible de almas reptantes,

arruinadas, muertas en vida;

cual sierpe de días apagados,

vestigio ineludible

del carnaval de conciencias.


Jack Farfán Cedrón

[febrero 20, 2026]

 

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