Manuela Serrano: 30 años de su visita a Cajamarca

 

Imagen: https://es.pngtree.com/freepng/ornate-antique-inkwell-with-a-feather-quill-capturing-the-elegance-of-vintage-writing-tools_20283928.html


Fue en 1996, cuando era un delgado estudiante, que escribía mucho, mientras estudiaba una carrera en la universidad. La señora Socorro nos convocó en la Biblioteca Municipal José Gálvez, para realizar un taller de centón griego.  Esta técnica, según se lee, “es una composición poética creada mediante la unión de versos o fragmentos extraídos de obras clásicas de la literatura griega (como los poemas de Homero), reutilizados con un sentido nuevo o diferente” [Prieto, 2008]. Manuela Serrano enlazó a este taller, uno de teatro. Dirigidos como en el kínder; Manuela estallaba de entusiasmo, como una adolescente mítica. Incluso le permitió entrar y sumarse a la fiesta, a un cetrino muchacho que recitó un poema en francés, evocando al César Vallejo inmortal; cuyos restos habitan el cementerio Montparnasse, para siempre. Era tal la evocación, o no sé qué cosa se le pudiera llamar; que tendió, como una araña, una atmósfera parisina; ciudad de luz donde llovió mucho a su muerte. Mauro, el dramaturgo, quedó fascinado. Edgar, Guillermo, José, Célia, Manuel. Y ya la memoria cansada reserva algunos nombres para el hábito del corazón, que, si olvida, entraña. Después de la jornada literaria fuimos a ver los poéticos cuadros surrealistas de Víctor Amado; y nos tomamos algo; y fuimos célebres antes de borrarnos en una fotografía que hasta hoy conservo.  

Manuela, docente, doctora, viajera, bohemia, humana. Casi toda su vida. Creo que ese entusiasmo contagiante lo toma de las almas jóvenes, culta vampiresa; jóvenes con quienes, por largos años ha vivido en su segunda casa, la escuela, y la enseñanza dinámica del arte, la poesía de la vida.

Ya puedo verla, bella joven, cursando estudios de pedagogía en Valladolid. Sobre las verdes riberas del río Pisuerga, una lívida muchacha; hermana, obrera, estudiante nuestra, corre, para alcanzar mariposas amarillas y petrificadas; quien, al culminar su carrera, visitó El Salvador, Brasil y Perú. Aquí, en Cajamarca, Socorro la acogió ese día en 1996, en el jardín de lo soñado. Su entusiasmo por la enseñanza de la literatura fue tal, que uno de esos años nos regaló a Edgar y a mí, el folleto villasoletano Crátera Literaria; nada más y nada menos que con sendos poemas nuestros, allí impresos. Fue en ese entonces, cuando conocí al escritor, poeta y periodista Fernando del Val, quien ya cuenta con una nutrida obra publicada. Fue este muchacho de voz adolescente, que laboraba en Radio Televisión Española, escribe; y hasta se dio tiempo de realizar una exquisita variación cortazariana; “heterodoxa”; para la revista literaria que dirijo: Kcreatinn Creación y más; que en junio de 2008 presentó un celebérrimo número homenaje a Julio Cortázar: “Apología a un Cronopio”, en la Sala Capulí.

Manuela, entusiasta, quien nos convoca año a año a los poetas y escritores; músicos y oidores de buena literatura. Recorre también algunas otras ciudades, dando talleres y charlas amenas. Ella está aquí, canta, baila; siempre sonríe. Calza alpargatas plateadas; lleva al cuello un chal o lo que se quiera llamar, como de un tul colorido danzando en una sala llena de antigüedades y bocadillos. Cree que esa bufanda la va a proteger de este friecito serrano y tropical de Cajamarca. Yo creo que más la hiela. La cercana remotidad de esta última noche la coloca de perfil, para no pensar en el mañana.

Ahora mira de soslayo a la tribuna. Sale del recinto de invitados poetas, músicos y demás, amigos entrañables. Toma vuelo con su chal colorido. Teatraliza un poema de Lorca. Vuelve a su sitio. Su perfil de esfinge estilizada evoca al Pisuerga ahogado en núbiles penas que volverá a cargar; desde el Jirón Amalia Puga hasta Valladolid. Y nadie sabe si volveremos a encontrarnos, se despide. Recalca, apostada en las escalas de invierno: pero quizá mañana o ya no mañana, volvamos a encontrarnos.

El tiempo te construye, Manuela. El olvido te permanece. La memoria te guarde; o, quizá, antes de todo, sigamos vivos en los libros y los escritos que siempre nos juntaron en esta casa, jardín de lo soñado

¡Gracias por todas las albas de colores, los talleres de centón, teatro y haiku; gracias por las gratas conversaciones! Por recordarnos que siempre estuvimos ebrios de vida, estos treinta años; por juntarnos en “una mañana eterna”, como diría César Vallejo, a desayunar empanadas, choclos y panecillos de yema, en casa de la señora Socorro, matria, innúmera llavera que sabe abrir la casa verde para jugar. Y, desde luego, mucha poesía que rebanar.

La recia guerrera, periodista y enfermera Carmen, nos narra a capella, un relato poderoso. Llama a la condecorada. Le tiende con tacto de araña la medalla de honor, firmada por todos nosotros, gentes humildes y cultas yantando deliciosos bocadillos, una copa de vino, una llamada telefónica desde Ciudad Mental. Quienes sólo le pedimos a Dios “que el alma no nos sea indiferente” [Mercedes Sosa dixit], canta la trovadora Noemí.

Quizá el alma de un vagabundo que también nos escuchaba en la esquina de la casa verde, como la llama el hijo Eduardo, también otee una despedida, o quizás un “hasta luego”; o quizás hasta el otro año; qué sé yo, la estación de los dormidos o un buen sueño despejado.

 

Referencias

Prieto, O. “¿Qué era un centón para los griegos? Preceptiva y realidad de una forma literaria no tan periférica”. Revista Myrtia, n° 23; año, 2008, pp. 135-155. Universidad de Valladolid. Rescatado de:

https://es.scribd.com/document/60037369/QUE-ERA-UN-CENTON-PARA-LOS-GRIEGOS

 

Jack Farfán Cedrón
 

septiembre 6 y 7, 2026

Comentarios

Entradas más populares de este blog

"Carnaval de conciencias", por Jack Farfán Cedrón