La trágica dicha de un predestinado: Trenos de trinos, de Renato Sandoval

 

Renato Sandoval Bacigalupo

Trenos de trinos

Poesía reunida (1983-2023)

Revuelta Editores

Lima; 524 págs.

 

 

 

“Aprender el lenguaje ajeno”, es una acertada frase, foliada al inicio del libro Trenos de trinos, Poesía reunida (1983-2023), del poeta y traductor Renato Sandoval (Lima, 1957); libro que reúne catorce poemarios, seis de ellos inéditos hasta la aparición de esta su poesía reunida.

            Singladuras (1985). Primer poemario del libro de 524 páginas. Dos hermosos epígrafes que ovacionan la llegada, en palabras de Ishikawa, una “nueva aurora”, cuyo amo y Señor nos da innúmeras oportunidades para renacer; tal como lo dice Jeremías, en sus Lamentaciones (trenos) 1 20-21: “Mira, Señor, mis angustias”. Y este “fenómeno luminoso”, como lo llama Sandoval, no es otro que el fenómeno poético, tan atiborrado de dichas y cadalsos; de ventura y desgracia; de lamentaciones y festejos. Ya el título de todo el libro, es un oxímoron: lamentaciones (trenos) de gozo (trinos) ¡Ah, cada predestinado aeda lo sabe! Muy en el oscuro y fresco acerbo creativo, la poesía es ello: una “tristeza dulce”, para ponerlo en algún verso de Vallejo.

            El primer poema que da título al libro, “Singladuras”, escrito en Bremen, un año antes de su aparición, nos trae a un antiquísimo Ulises, paradigma del náufrago, del inexorable guerrero que defiende a su Ítaca y su amada Penélope en la cruzada que dura diez años (que en el corpus lírico es un pescador, pescando “bóvedas y víveres de un navío sumergido”); las dieciséis horas coincidentes con cada uno de los capítulos de esa antiodisea llena de parafraseos y chistes de doble sentido escrita por James Joyce en 1922: el Ulysses. Qué dura, titánica y hasta un poco imposible tarea con la que estoca este último verso de “Singladuras”: la odisea de todas las vidas, el pálido refugio, escarceo de imposibilidades a que se simplifica la vida. Y es que el tarot vital, el sufrimiento terreno y la poesía recitada para alejarnos del “mundanal ruido”, es también un oxímoron “(figura literaria, cuyo vocablo proviene del griego ξμωρον, oxýmōron, que es la “combinación, en una misma estructura sintáctica, de dos palabras o expresiones de significado opuesto que originan un nuevo sentido, como en un silencio atronador, consistente en la contradicción: Diccionario de la RAE)”.

Cómo ante una barca hundiéndose, este héroe ha de pescar “bóvedas y víveres”. La bóveda, riqueza; víveres, sobrevivencia, es pues una efímera contradicción y un atrapar la dicha que representa ese lugar divino y luminoso, aún en los naufragios que representa estar vivos; otra vez la poesía, quien musa de los vientos, nos tiende su manto luminoso; otrora sin principio ni fin, a este valle de padecimientos. Refiere el autor sobre todo el conjunto de Trenos de trinos:

 

«Sobre ese poema (“Singladuras”) que, en efecto, es un eco de Odiseo, quien si regresa a casa es porque antes ha salido de ella en busca de una Verdad que, tras muchas batallas y peripecias, solo comprende cuando rescata su tierra, sus querencias que creía ya perdidas. Quizás todo el conjunto de Trenos…, desde el primer poema hasta el último, replica lo que bien señalas a lo largo de sus catorce poemarios. También podría verlo como una especie de Vía Crucis literaria, en que cada poemario es una estación especular de esa Vía».

                                                         

[R.S., 31/07/2026]

 

            “Ícaro” (pág. 16) rebulle un feroz y sublime balbuceo. Esmirna, 1985. Pálidas aguas dictan el teje y maneje lírico de un joven tripulante, pipa a estribor, quien vadeando “fondo de sombra”, acelera la caída; conduce el timón de un alado Ícaro, feneciendo en su premura de volar. Escritos en Esmirna, Bremen, Helsinki y Lima, los poemas de Singladuras (1985) se aferran a la memoria del amor (“Finlandesa”, “Garrochas”); que es un viaje que entristece a “(…) la noche prometida, /a la brisa de otro mar” (“Descuido”; p. 19, cursiva mía).

Es, pues, un primer libro, lleno de sazones puras que la palabra sabe agradar en quienes gustamos de la libérrima y alada mariposa que recién eclosiona, de la pera acabada de desprenderse del peral, bajo un estío prolongado en la paz y a la vez, control inusitado de lo dicho, bajo el harpa sutil de la palabra; “(…) la nota viva del labio pasajero” (p. 24). El último poema de este apartado, “Requiem”, es un soneto, dechado del verbo bien burilado. Dedicado a Martín Adán; quien otrora cruzara palabras (no tan amicales) con el autor de Sadwiches de realidad (1963), Allen Ginsberg; quien, a su arribo a Perú, visitó también la selva peruana (para fines, probablemente psicotrópicos), el soneto es un florilegio a la vida de un gran poeta.

            Pértigas (1992). En la página treinta y cuatro del poemario; específicamente en el poema “Finnegans Asleep”, escrito en Dublin, alguna atmósfera neblinosa, a café, a “sinfonía de adioses” (p. 34), nos recuerda el negativo (Finnegans wake, 1939); el lado más ilegible de Joyce. Hado indescriptible, forma agradable de lo que habita en nosotros, extranjeros de lo impredecible. En “Piazza San Pietro”, pieza lírica escrita a una silva, en el Vaticano, está dedicada a Antonio Machado. Descripta la Plaza San Pedro; cabe toda la historia del arte que en trazos simplifica el don y a la vez “la cruz de los adioses” (p. 36); que nos recuerda aditamentos papales y el fruto del arte, prácticamente concentrado en ese legado de Miguel Ángel, La pietà, pieza imperfecta y por ello, humana como cada obra maestra allí habitada, mientras palomas y adioses sedimentan los más puros surtidores. Distintos lugares, varias fotografías, heredan “el don de la memoria” (p. 37). Suele sernos engañoso; don que, al velar de ese barniz, maleable por la mente; según cómo recordemos ese recuerdo, tan que va cambiándolos según la edad y nuestras prioridades “(…) amor de polvo en vela sepultado” (“Remanso”, p. 38). Retrotraernos debe; o, al menos, intenta a un: “(…) su cuerpo dejará, no su cuidado; serán ceniza, mas tendrá sentido; polvo serán, mas polvo enamorado.” (Quevedo, p. 657).

Faz que devora, hambrienta, lunar; humo que en memoria muta si oscila; arilo penumbroso de lo que aqueja, pálido, añoso, el hombre que solo se sabe, es sabio si ignora que es mirado. Tal vez el gorrión que está sin que lo sepamos ya no sea su presencia si malicia ser observado. Tal la muerte, polvo terráqueo, lunar, planetario, sienta osarios, cubra de blanco velo a las almas, silentes, en el entrevero solar de mares ocultos reinando sabiduría.

Pértigas es sacro homenaje a las cosas simples, a la frescura, lecho de tierra; hierba útil; al gusano sementero. Es homenaje poético (Javier Sologuren, George Trakl); el fin, el mástil flamígero, la bondad a mansalva, que trae la poesía.

Luces de talud (1993). Aquí la palabra relumbra, da tumbos; desliza recovecos a la pétrea forma de lo circular. Ora desdice, ora ensalma gules en penumbras; orlados señuelos que el verbo recula, a coces como perlas o gotas de miel prefigurando texturas, simientes que alas córvidas atraen; perfil en penumbras, figura completa que la luz oblitera como forma.

Nostos (1996). Escrito en Róterdam, Nostos inicia con la memoria lejana de la madre. Ase los cálidos momentos con que el poeta trifurca la dicha en lira, por el invento descogida. Cual contar las ovejas del sueño, nadie adivina en la víspera su muerte; pero quizá ello sea trascendencia, mito. Acaece, entonces, la llave en la pértiga. Abre la iluminación conservando la flor divina del loto. Asistimos a la abstracción de la palabra. No es casual que los textos líricos estén acompañados de ilustraciones a tinta, abstractas, ideadas por el autor. Mismas que de alguna manera grafican los más íntimos recovecos de la palabra. El verbo señala una ruta; oculta, a señuelos, lo sorpresivo de la pesca. El temblor imantando rodaje sereno, estival, de las aguas. Aquí la premura es signo voraz que se traga lo dictado por el pensamiento procaz, el designio léxico, el verbo que se aborta el pos de la designación falaz o la diatriba acaecida en un mundo en picada. En un mundo que se desmorona, pero que la poesía abolirá, siempre. Sobre el tintero de una memoria dormida; signos lotófagos advocaban lémures. Convocáis en un oratorio ambiguo; designad una cortina de agua, un pasadizo a otra e innúmera sombra. Venid, pues, portando el Oráculo de Delfos. La palabra designa, pero no nombra; la letra escarcea cada objeto; que innúmero, vuelca su contrariedad baldada. Nostos es la palabra naciente, el salto al amanecer de riadas combativas de peces contracorriente. El capitán acaece tras varar sorpresivo; está salvo. Escriba, surtidor de la plena maravilla. Es quien llega, antes incluso que la luz de su palabra, libera.

El revés y la fuga (2000). Fuente de todo acto creativo, la lírica, desde todos los tiempos atravesó contratiempos, altibajos; incomprensión. Sostenida como ente oral, los primeros textos poéticos: La Odisea y La Ilíada, fueron épicas que transitaban, a caballo entre el incipiente género novelesco y la dramaturgia. Contaban una historia, cantaban las enrevesadas fortunas de sus personajes, amén de sus innumerables relatos de fantasía, horror, vado y desenfreno; guerras, etc. Sandoval en El revés y la fuga narra los contratiempos que la voz poética transita. Desde el lado coloquial de la palabra, salta, alternadamente, retratando esa voz en segunda persona que le dicta una fuga musical que acrecienta lo dicho. Verso recurrente, ovaciona la bondad de la palabra en su plasticidad casi arcillosa, moldeable, a cuentagotas. El lenguaje, pulcro y a la vez cantor, ovaciona el tentempié léxico; a remanentes dísticos, la consignación de lo dictado; y a la vez vuelto a cantar. Cual si de grafías traducidas a cantos se tratara. Ya en plazas, los primeros actores, con máscaras terribles e hilarantes; a un tiempo nos legaron ese dialogal forma de lenguaje, que es el teatro. La poesía recogiendo desde sus mismas fuentes prístinas, “desde el hocico mismo de cada tempestad” (Vallejo); el reflujo, a cada entuerto humano, el rellano de las cosas, que, por cierto, merecen el eco que designan.

Suzuki blues (2012). Como el canto de la sangre en el cuerpo arrobado, celajes antiquísimos condensan a finísima lluvia estival a la poesía. Suzuki blues, foja instantánea de lo que sucede en el ahora, koan zen de lo dictado por el pensamiento, acuarela divina cuya herramienta de agua nos va dibujando el instante presente. Voluta goteando la tinta pensada en el universo blanco de la noche. “La tinta en el papel / el pensamiento / deja su noche”, parece trazar de dos pincelazos el poeta. El haiku citado es de Javier Sologuren. Y a mi ver, ovaciona lo que realmente es ese universo esplendente que teje la poesía. Muchas veces el pensamiento ofusca; pero ahí devela, por extrañas razones, la poesía, su noche inenarrable, sobre la que fulgen las estrellas más puras.  Dos epígrafes orientales abren el telón de fondo en Suzuki blues. En el primero, el oro y el furor arrebolado, visten la despreocupación de un mendigo. En el segundo, el resumen de todo el poemario; es la vida, improvisar un jazz. Así debiera ser la vida, inefable improvisación de un hermoso jazz; que cada instante sucedido en el momento exacto, jamás volverá a rodar. Y es el pálido hombre “el óleo de los días sin rumbo” (p. 158); tal pintor que moldea los caminos plásticos de la piel con el pincel; escultor marmóreo, también, de su destino. Tarot, ruleta iridiscente, lejano alción oteando impura imprecación, a escalas; de camino a lo etéreo.

Prooémium mortis (2016) [En: Kcreatinn Creación y más. Año X, Vol. 2, N°18. Cajamarca-Perú. II semestre de 2016, pp. 40-41] se introduce en el caos iluminado de la creación celestial. Libro místico de dimensiones desgarradoras e iluminatorias que decantan acaso la visión última de quien se asoma a los verdaderos abismos de la muerte; dicotómica, dentada, como grieta o valva lasciva atrayente, imán de imposibles denegaciones hacia lo paradójicamente inmortal.

Visiones en versículo blanco; comprenden, si se quiere, místicos resquicios donde el reflejo del Yo dialoga con la inconsciencia lunar, enquistada de reflejos y amagues suprarrealistas; unas veces, declarando hondura universal; otras, anteponiendo las cuestas somnolientas de quien se abisma a la clara enumeración de lechos minerales vitrificados por el fuego de la poesía.

El ser dotado de plenas iluminaciones; aun confiriendo de luz, a la propia luz del mundo, de la que podría prescindir.

Santa Teresa disertaba César Moro en un ensayo, compilado en Amour à Moro en la preclara revelación agónica del que elige morir cada día para ampararse en la motricidad de lo inmortal, decía que durante trances oníricos los objetos y seres poseen su propia luz que las ilumina; y que esa bella oscuridad de los dormidos prescinde aun de la luz del sol que le arranca a las cosas simetría, forma, esplendencia. Iluminar es el sol. ¿Simplificará, Prooémium mortis, acaso, una introducción a la muerte? ¿Se trata de un proemio inesperado hacia el fin, que nunca es último en ser al que eclipsa, aparente(mente)? Sobre este respecto, refiere Sandoval:

 

Asimismo, Prooémium mortis ('prólogo de la muerte' o 'antes de la muerte') lo escribí con prisa y urgencia cuando literalmente estuve a una brizna de morir. Y en cuanto a mi poesía, tengo como lo más importante para mí Nostos, Prooémium mortis, Odiario y el último poemario de Trenos.                                        

                                                               [RSB, 3/08/2026]

 

En sus andanzas por caminos Zen, el apátrida rapsoda afrentaba los círculos volátiles, fueguinos. La levitación era cruel como fantasmagórica; se ahumaba a siglos, sentaba precipicios en la hórrida transferencia de lo caduco, que es fenecimiento. Era la plenura avistando el destierro; era poner develaciones espectrales frente a un mundo críptico, fantasmagórico como silente.

Cadáveres limpios por una grávida lluvia rompiente, conducentes hacia el delirio; cual si se tratase de ácidos que en la combustión de la piel castigada cercara sus designios a pálidos cadáveres buscando el destierro antes de enfrentar sus pecados.  Proemio-búsqueda de un báculo para hundirse en tibias aguas del que cede a la divinidad del ser que busca su fémina ánima inmaculada dentro de un volcán bendito descansando sus aguas mansas en nosotros.

¡Muéstrame tus salvajes andanzas! ¡Oh alma que durante el lunar devenir espiritual se ha sentado sobre aguas mansas como putrefactas!

La calada sombra petrifica sus estertores en vaivén, que se ahílan hacia un zenit creado por andantes manos que luego de vistas, se esfuman.

Esa voz irrepetible presumiendo continuidad inextensa por lo inusual de sus larguezas poéticas.

Ya en el verso blanco retratan la herida de una poética que quiere saltarse el relleno expresivo, para ir de frente a la esencia; para componer desgarraduras que una viva y nueva voz ha anclado a lo ancho de cascadas recorriendo paredes transitorias. Summum verbal que unas veces aflora la presencia pensada; resumen redondo, completo. Senectud de formas antiguas presenta Prooémium… Semeja mantos distendidos de niebla que alimentan por interceptación las hojas, a lo largo de una loma de eritrinas, cuyas flores gallináceas retumban el agua existiendo “campana de agua” (César Calvo).

Creación de la presencia que por su sola estada con aquella arma; colinda, pura, con las extensiones más clarividentes de lo que forma una ligazón acaso compacidad de vibrátil arcilla estallada en rojos tierra, en carros de cascajo determinando la cristalográfica de chispas entre el fuego de lo que no conoce extinción ni verbo diluido: ¡Poesía!

Entre el siglo de un iluminado modernismo, la nueva expresión de un César Moro relegaba sus zancadas luminosas de demonio nocturno. Vallejo, durante esa misma conmoción literaria en boga, ya brillaba con su propio peso. Era el tiempo de las dipsomanías léxicas, de los adornos en degradé, desmesurados hasta el estropicio del poema; de grandilocuencia, de altura literaria barroca, demencial, que no alcanza ni siquiera a mentar a los objetos, porque les prorroga aquella simpleza que le reclaman, porque les dota de una luz artificial, incompleta; de envoltura de pavorreal, de floritura extravagante. En aquellos tiempos el poeta era una especie de cargador de algún foco escandaloso; contrapuesto por grupos muy al margen del sistema, que alababan la experimentación inusual de las formas, de fondos insondables. Míticos libros objeto plagaban lo divino que el sistema mandaba esconder; y que la crítica mezquina ninguneaba: Xavier Abril, Enrique Peña Barrenechea, Carlos Oquendo de Amat, Emilio Adolfo Westphalen… ¡César Moro! Estaba en boga el indigenismo, pero aquella bifronte caricatura afeada que lo presentaba como víctima del hacendado flagelador; y no como lo que es hasta ahora: ¡Poesía de la melancolía!

Prooémium mortis; despertar con el cabo de vela en blanco, frente a los ojos ajenos. Libro que en la suma desgarradora de los vientos se embarca a llanezas murales algo marmóreas hundiendo barcas apenas táctiles que con el ojo despierto son cúmulos; y con el ojo dormido, mismos cielos a la hora nocturna; suaves vientos sub celestes avistando la luz universal de los hombres en una sola mano reunidos.

Odiario (2018). Poesía en prosa que tiene en su basamento el roce anímico de bodegones humanos traslapados a ese cálido instante de la palabra que sucede. Instantáneas como el amor, la muerte, los caminos transitados; su osario, el verbo liminal; sus vestiduras, la carne de la acción, ora somática; ora envoltorios de lo designado por la palabra efervesciendo.

Del taoísmo al teísmo (2019). Aquí la palabra precede a su deslumbramiento. Poemario lleno de acertijos y preguntas que por sí solas entrañan sus propias respuestas. La filosofía Zen se embarca para dialogar con la filosofía occidental. Silvas cortas que no necesitan mayor elucidación para propalar su verdad. El ser de la poesía encumbrándose al ser de la existencia, en una sola bandera, la de la belleza.

Piloto de pruebas (inédito). Ya Juan Parra del Riego, poeta peruano afincado en Uruguay, hubo de mostrarnos la velocidad en uno de sus poemas “polirrítmicos”; al inmortalizar “al legendario futbolista Isabelino Gradín” (Panenka, par. 1., 18/08/2016), en “Polirrítmico dinámico a Gradín”; años 20, probablemente. Sandoval traza enormérrimo movimiento. Como un piloto va esquivando el paisaje, lleno de médanos, montañas y breñales. La palabra exige, pues, ser veloz en el uso de imágenes. Un desliz de la memoria del poeta se infiltra en el ir sucediéndose de imágenes que la velocidad transitada dibuja. Ya había pasado la pesadilla del COVID, y el yo poético exigía cierta velocidad. Como que en Piloto de pruebas la premura de volar acrecienta cierta exigencia, cierta volatilidad evidenciada en una madurez verbal de la palabra yendo a toda máquina.

Amagos (inédito). La palabra, divinidad a mansalva, es lámpara que, oculta del sol, ilumina con luz propia, con la luz de su palabra. Dios otorga los talentos y el hombre se encarga de ser célebre rey o esclavo de su desgano. En Amagos la palabra seduce; es una larga y preciosa ofrenda lírica por la que el hombre se sabe soñado y servil hacia quien le prodiga talentos. Ya en las célebres Pimandro, El Cantar de los Cantares; la soberana inteligencia, por sobre todas las cosas y seres, supera toda mortalidad, hace nobles a quienes la poseen, degustándola como quien, frente a un oratorio arroba su ánima en pos de lejanos espectros. “La lluvia será el escudo / de los crédulos y mantendrá / secas la locura / y la esperanza”, reza el epígrafe, adagio de Sandoval. Como animando a la húmeda sabiduría, lluvia de los dones, a fructificar, florecer y producir, el canto de lo arcano; sobre toda la prístina divinización de la lírica inextinguible.

 Miroando (inédito). Es una pinacoteca escrita; le rinde culto a Joan Miró, el pintor catalán que renovó con su técnica la pintura abstracta. Sus pinturas, verdaderos círculos cromáticos siguen dando qué hablar. Muestras del color y de la forma; verdadero giro, ruptura de la forma y el arte conceptual. La palabra poética aquí se mimetiza a las formas y al magma colorido, cantándole a la poesía de la ruptura. Belleza inusual que decanta y a la vez se traslapa al verbo libre y colorido.

Fuegos fatuos (inédito). Era la memoria un fogón que tras el último ardor representaba para vuestros gentiles, iluminada procesión de brasas. Ya para qué puntos que se apagan sobre el universo de lo vano; ya para qué el ardor inminente del desvelo. La brillantez está echada. Caro resuello, ardor inminente a destajo, la palabra elucubra su maravilla absoluta en Fuegos fatuos; libro inédito cuya memoria es la infancia perdida, la evocación de una alta montaña donde se apaga una luz para sumergirse en otro mundo que empieza.

Última presencia (inédito). Habitar los espacios vacíos, al canto predecible de lo designado. Era la palabra una fiesta, una orquestación de lo que, transido, se alimenta de lo que no acaba. Dulce oleaje sempiterno del signo leve, tras la floresta incendiada. Puro resquemor de lo caído. Vanas preseas, pero ciertas. Componenda de lo que merecemos. Todas las victorias palidecen al héroe que las merece. Intención más dulce. Florilegio en sombras, corona de adioses. Laureles para el responso. Dineros mil para quien ya no los necesita. La poesía tenderá su redada de oros; sus mejores despojos al amanecer. Nueve musas del canto; música en sordina; aliento para cansados. Saber que estos últimos tiempos, ya no caminan por el espejo de agua, espectros que legaron grandes versos a la humanidad. Relicario antiguo de endechas polvorientas. La poesía se enseñorea con los que no están; con los que estando, se han cansado un poco y necesitan una sola mano para encender el mundo. Un aventurero de capa y ondina aleve en el destello, necesitó maquillaje de envejecimiento para interpretar el papel que nunca alcanzaría; por ser inmortal, por ser la fuente de los deseos más puros. El destello maravilloso, en la noche oscura, de lo que jamás empieza.

 

Referencias

 

            Estela, C; Padilla J. (2003). Amour à Moro (2003). Homenaje a César Moro. Ediciones del Signo Lotófago.

Farfán, J.; et. al. (2016). Kcreatinn Creación y más. Año X, Vol. 2, N°18. II semestre de 2016, pp. 40-41.  Kcreatinn Organización. 

Panenka (2016). “El poeta polirrítmico”. Miguel Ángel Ortiz. 18/08/2016. Recuperado de: https://www.panenka.org/miradas/el-poeta-polirritmico/#:~:text=El%20poeta%20polirr%C3%ADtmico,al%20legendario%20futbolista%20Isabelino%20Grad%C3%ADn

Sandoval, R. (2015). Prooémium mortis. Ediciones Copé.

Sandoval, R. (2023). Trenos de trinos. Poesía reunida (1983-2023). Revuelta Editores.

Quevedo, Francisco de: Obra poética, tomo I, ed. de José Manuel Blecua Teijeiro. Madrid, Castalia, 1969-1971, pág. 657.

     

Jack Farfán Cedrón 

julio 31-agosto 6, 2026

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