En un infierno florido, [dos textos críticos acerca de "Las consecuencias del infierno" (2013)] Doan Ortiz Zamora / Jack Farfán Cedrón
En un infierno florido
Fernando del Val, escritor y periodista español refiere a mi infolio como "un libro muy profundo, lleno de contraluces y contenidos materiales, expresivos y formales (…) un texto en verso seguido (…) del cual le resta imposible citar un verso (…) porque el río te lleva (…) a pesar de ser duro (…) he pensado que es tu mejor libro”.
Ya
en mi primer atado lírico, que data de hace nueve años, Pasajero irreal,
mi talante expresivo se encauzaba hacia una katharsis que lejos de
propender a destruir mi hígado con ciertas situaciones en la sociedad que no
toleraba (hipocresía, asesinato, traición, mentira, antropofagia, demencia
gratuita…), sino más bien a ensalmarlo, si se quiere, hasta esas cumbres
desesperadas que en la cima del dolor (individual, colectivo, íntimo) se
alzaban como premio a ese charco desgraciado de barro líquido a que se resume
el hombre cuando a solas reflexiona, lejos de sus semejantes, en un exilio
premeditado, jamás gratuito, para encender las charcas donde se ahogan las
penalidades del mundo.
La
asidua tarea de volcar versículos largos obedecía más a un darse holgura en la
página en blanco. Seguir con la plena libertad del instinto de conservación
verbal hasta el expreso y aterrador eureka expresivo que me diera campo justo
para dar en el clavo, y en el calvo del que sólo observa y rebuzna.
Lo
mío estaba en dar todo el espíritu en esa búsqueda inexplicable del horror
mundanal que por fin encontró enemigo en este su literario, infernal atacante.
Las
consecuencias del infierno, un libro duro, acre, que golpea, que mella con
yunque mordaz el filo burlón y desgraciado de los seres banales, sosos,
cargados de una materialidad que encuentra solaz en esas pantallitas
electrónicas de variopinta forma, modelo y tamaño, para estar junto a sus seres
queridos, pero con un ojo pelado a lo que acontece, a años luz de distancia.
Rebusca una vida que más, ya no le pertenece.
Aquél
ser desgraciado que Dios redujo a pálido designio. Aquél que en una guerra
fratricida de medios chicha y bombardeos violentos por todos los canalículos
sintéticos y ópticos, desayuna sangre, almuerza caos, y cena horror. Un ser
donde se concentran a dosis capaces de matar a un caballo, la amargura, el
egoísmo, el asesinato, el canibalismo; y a la, vez la ternura, que, llegando a
casa, enciende la cola y abre las fauces para ser devorada por el miedo que
consume la furia ciega royendo un lecho dentado.
Pleno
de iniquidades, el hombre se ajusta a lo que el edificio del trabajo o el
encierro de la inactividad le prodiga desde sus cinco prístinos dedos
materialistas, en un amague que lo eleva, lo desciende, lo retuerce a su
antojo, como a la más estrujada piltrafa.
Ese
maligno por el que todos nosotros regimos nuestros actos; y que un domingo
cualquiera apaciguamos entre velas y sermones del cura de la ciudad, que jamás
nos dirá lo que ya sabemos, nos calmará. Esa conciencia premeditada que, en la
hora de los sueños desgraciados, sabemos que existe para esperar que apriete el
gatillo. Una bala podrida, lesiva; que te corroe las entrañas, que te desbanda
hacia avernos sin cauda donde la esfera lesiva es volcada cada mañana sobre la
taza, ¿del desayuno, del wáter?
Ser
en ruinas, despojado de su nombre, de sus llaves y sus zapatos. Aprieta los
pasos, se apura, incendiando las calles verticales de cemento, donde vive y no
conoce, donde tiene un calor infernal mientras conserva la marca de su traje
nuevo y su corbata de seda. ¿Para qué? Aún no lo sabe. Sucede que no tiene
tiempo para cuestiones metafísicas; esos sus ríos interiores, que no lo
arrastran a nada, a no ser la discusión con la esposa, la madre del Cordero, la
extraña que se agacha y mira de soslayo, teniendo cuidado de la bestia
impredecible.
Eres
tú, es el horror, es el vertiginoso avance, la acumulación monstruosa de la
data que cada vez te hace un ser despreciable, capaz de leer a titular seguido,
sólo titulares de accidentes, violaciones, peculado, castración de los valores,
y la excrementicia sonata para meterte miedo. Mientras los trinos salvajes
mueven tu cuerpo pesado esta noche de insomnio. Vidrios o silbidos o ladridos
imaginarios destazando al espantapájaros para volarlo por los aires,
descabezado.
Eres
hijo de tu cuervo, eres cuervo de tu hijo. Ambos, padre e hijo, se clavan los
dientes, pero no se ven los mutuos errores que los desbarrancarán, como es
justeza que ambos son espejo desde que nacieron. Atrás, en el espacio del
tiempo, en el tiempo del espacio, donde el abuelo desdentado sonríe por las
visiones aterradoras; pero al fin, vitales, que tuvo, aun antes de volcarlo a
esta comarca de desencuentros.
Hemos
caído en la ruina sin saberlo. Somos la retórica pesada, aburrida, que nos
mueve a lo políticamente correcto. Pero al salir de la oficina, queremos
devorarnos, queremos tragar esa expresión anudada que teníamos reservada para
el jefe al que hubiésemos pateado antes de estallarnos la tapa de los sesos en
una vertiginosa caída por los aires desde el último piso del edificio en
ruinas, humeante por las demoliciones de la cuadra, y las bombas metafísicas y
lacrimógenas, las balas dentadas, los perdigones letales horadándote la carne
que no sientes.
Moler/demoler.
Que destruyan la ciudad a pedazos, a jirones de túnicas ocres de desfasados
curacas conduciendo la yunta de la muerte en fase Repeat Eye Movement.
Un antro automático que te pica la cabeza toc toc toc. Desiste. Estás vivo para
siempre y uno quisiera salir corriendo hasta caer exhausto por el recorrido que
enfrenta el tráfico; perros rastreros, salvajes y rabiosos; gente que te grita
por las puras huevas, y hasta te arroja meados en la cara; te insulta y te
atropella. Caídas inesperadas para que te levantes con las rodillas, la frente
y la cara ensangrentada, llamando a los canes salvajes y las fieras de la
noche, por aquel instinto sangriento que se huele a la distancia. Saltas
algunos autos, a zancadas veloces. Determinas que todos podemos algo, que todos
deberíamos arrancar desde lo más hondo de los cojones alguna fuerza remanente,
esa que usas para reventar con cualquier transeúnte, o tu misma madre; para
tragarte pistas completas a una velocidad demencial, que, a la llegada hacia la
meta, te observa, te sonríe y te abraza: será el ángel negro de la muerte, que
te recoge, sonriente… ¡Hasta la eternidad!
Las
consecuencias de Jack Farfán Cedrón y los infiernos de su poesía
Por: Doan Ortiz Zamora
En la migratoria secuencia de los signos, encontramos rastros primigenios de la poesía fecundada por una serie de constantes atónitas e innegables; que permanecen como entes privilegiados de un Olimpo creado y destinado por seres que raptan en la vertiginosa y profunda vehemencia de la trascendencia. Estoy seguro de que el hombre y la poesía fueron creados juntos y se retroalimentan entre sí. El Homo sapiens cultivó la estética y heredó la musicalidad del Neanderthal, que luego fusionó con la naturaleza, la premura del tiempo, y el incansable ruido de la realidad, para originar una vertiente llena de algoritmos de extraña fragancia que se apoderan de sólo algunos hombres náufragos, natos de un desconocido brote estructural vinculado con la sublime y abominable eternidad.
En
la literatura peruana encontramos una poesía selecta de gran élite, con
representantes que desafiaron la gravedad, como es el caso de César Vallejo,
Martín Adán, Emilio Adolfo Wetsphalen, Francisco Bendezú, Enrique Verástegui,
Jorge Eduardo Eielson, Blanca Varela, César Calvo, Julio Garrido Malaver,
Washington Delgado, Luis Hernández, Javier Heraud, Carlos Oquendo de Amat, José
Watanabe, Antonio Cisneros, César Moro, etcétera. Estos seres de naturaleza
ambrosiana han dejado un legado de importantísimo valor, creando un estilo y
una estirpe distinguida dentro de la aguda crítica occidental.
En
los últimos veinte años, la poesía peruana se ha perfilado con mucha
consecuencia en la línea abstracta, originando un estilo underground de
varias especies, con infinidad de ritmos y melodías anacrónicas, dando forma a
versos con un esplendor único de frescura metafísica.
En
el año dos mil cinco, el poeta Jack Farfán Cedrón, nos da a conocer su primer
libro: Pasajero irreal; dicho poemario dio origen a la profanación de
sepulcros urbanos y deidades abstractas, que juntamente con un universo de
vértices invisibles congregan el primer hecho, en lo que vendría ser en el
futuro, un estilo independiente, con influencias surrealistas como la de César
Moro, André Breton, Javier Sologuren y Jorge Eduardo Eielson; a lo que ya nos
tiene acostumbrados en la actualidad el poeta.
Esta
noche tengo el placer abismal de presentar Las consecuencias del infierno,
del escritor Jack Farfán Cedrón.
El
libro inicia con los siguientes versos: “No somos series, números, abominables
repeticiones espantosas rebotando en las paredes de aterciopelados salones”.
Existe una negación predominantemente vertiginosa hacia elementos matemáticos,
causantes, por su misma naturaleza, de una infinita propagación de caracteres.
El autor, en estas primeras líneas define al ser humano como una no repetición
de características aritméticas, sino también hace referencia a una antropófaga
costumbre filosófica del hombre por volver a sus recuerdos; envolviendo al
lector a lanzarse en la aventura de diseccionar todas las muestras desconocidas
y ocultas, que el autor ha decidido encapsular con diversos elementos
literarios en los subsiguientes versos de su libro Las consecuencias del
infierno. Se encuentra plagado de recintos de ascendencia a la perfección,
demostrando que el autor ha cultivado a través de los años una sintonía
dialéctica de absoluto equilibrio, creando magnificas metáforas en cada una de
las contraposiciones que él exhibe entre la realidad, como subyugante
primordial de su poesía. En la misma página, donde encontramos los versos
anteriores, brotan las siguientes líneas: “Apártate. No existes porque yo lo
digo, no existes porque no me ves y punto. / Abomino de los rezos, de las
moscas de salón, de los pavos reales. / Abomino de mi existencia, y de la
singular forma de expresarse que tienen los devotos de una inconciencia
voluntaria, el sinsentido.”
En
estos versos deduzco que el autor llega a ser un invisible individuo sumergido
en la atmósfera de interrogantes y constantes del yo consciente; asumiendo al
fin literario la categoría de enfrentarse a la existencia y arrebatar su
estructura ósea como sustento indefinible del tiempo. También encuentro una
sublime forma de enfrentar a los ritos religiosos, usando la congruencia del no
existencialismo, ya practicado por Rimbaud y Verlaine, donde Farfán, con un
zigzagueante estilo, opta por condensar estos elementos y convertirlos en una
contundente hondura primordial de la inmortalidad.
La
existencia se convierte en un factor de primordiales artefactos en la poesía de
Jack Farfán; las más audaces escaramuzas entre él y el existencialismo, juegan
una metódica secuencia de naufragios incesantes anclados en islas desiertas
llenas de seres sorprendidos por un indefinible y modesto aroma de constancia y
libertad en el verso. No es común que un escritor use la retórica, como una
herramienta proporcionada de la estética; y que se desenvuelva con mucha osadía
en cada una de las líneas de los versos. En Las consecuencias del infierno,
analizo criterios de profundidad filosófica, muy bien conjeturados con un
desarrollo del tema de alturado nivel en su estructura.
En
la página número nueve del libro, nos encontramos con un compendio de párrafos
escritos en prosa, titulados “Poesía”; y como atributo furtivo de los gustos
del autor por la música, ha sido dedicado al gran compositor argentino Gustavo
Cerati. Las primeras líneas rezan de la siguiente manera: “Planear el vuelo de
la hoja, seguirla con los ojos por el aire transparente, que todavía no nombra
lo que toca; recurrir al destino caído o cayendo de la hoja, grávida, gravedad
de lo existente; su destino de seguida, de signada por la mirada que la
acciona, que la mueve y que la sigue cual un viento envilecido”. En estos
versos encontramos una estrecha musicalidad entre sí, proclamando escenarios
melódicos con agregados semánticos, ofreciendo diversas descripciones atónitas
sobre el destino, sobre el movimiento de la naturaleza, y el enlace enfático
origina la música como la causante de dar vida a los seres en la Poesía. Luego
encontramos los siguientes versos: “Y el pensamiento nace en una palabra
callada, en su imagen, la escena imperecedera de lo redentor, de lo
establecido, no por leyes, sino por sorpresas, magnéticas nombrándolo todo,
designándolo como al transcurso, como al vuelo dechado de la hoja, por
silencios designando lo propuesto, por una irracionalidad mágica, óptica
pregunta enarbolando su mágica sorpresiva, su Poesía siendo imagen, esencia de
la cosa que es, vuelo de la hoja, dechada imagen de la paleta creativa, momento
perdurando en su memoria sagrada, su inocencia transparente, su Poesía”.
El
autor sigue, de una manera tangencial, emanando elementos musicales,
involucrándolos con vehículos de gran profundidad como son el silencio, la
magia, la esencia, la transparencia; logrando comunicar una impermeabilidad
consecutiva con el juego de estos términos y la adherencia de gran valor con la
fuerza que tiene la palabra en todos los estados del yo consciente, ya
mencionados anteriormente. Puedo precisar que este poema titulado “Poesía”, es
una gran muestra de trabajo de alfarero, ya que todas sus partes unidas
funcionan como un sistema musical de grandes esquemas poéticos.
Queda
totalmente sustentado y comprobado, que en este libro existe sinfonía, ya que
el autor ha sometido a prueba la capacidad literal de las contraposiciones y de
las metáforas, creando versos auténticos, manteniéndose la identidad del autor
en libros anteriores a este trabajo.
En
la página número ochenta encontramos el poema que lleva por nombre “En el
instante escindiendo la línea que se pierde”, donde inicia de esta forma: “El
instante precedente al parto/ es ya un éxtasis, / la culminación del
alumbramiento/ es un orgasmo, / todo acto violento implica el regusto
sadomasoquista de la bestia y la víctima/ al mismo tiempo que la risa eclosiona
una creatura de oscuro y frío ritual que se existe”. El autor admite una
veneración ante las formas eróticas que precede el alumbramiento, al igual que
percibe al orgasmo no sólo como una expulsión genital propiamente dicha, sino
que hace una contraposición sobre la dicha de existir; luego, Jack Farfán traza
una línea transversal en sus versos y proclama, mediante acciones violentas, el
asentamiento de dos técnicas conocidas en Europa, como son el Eros y el Racer;
contraposiciones que acuden a jugar con los antónimos, y explotan el ingenio
sobre cualquier tema de erotismo que pueda exponer el autor. El Marqués de
Sade, inventor de estas técnicas libres y de complicación intelectual, pero
gustosas en la literatura, al igual que nuestro autor, elevó al erotismo en
todas sus formas, volcando un nuevo universo de signos que no sólo se
comunicaban con la sensualidad y pasión, sino con el raciocinio y con la
vehemencia.
Jack
Farfán Cedrón es un conocedor de la buena Poesía, en los momentos que hemos
compartido, hemos volcado todo nuestro conocimiento, y es ahí donde percibo que
la influencia de grandes escritores, han servido como pilares fundamentales en
su Poesía, pues Jack es un autor muy creativo e ingenioso que ha sabido enlazar
y luego ha creado mundos diversos para sus diferentes Libros. En el poema “Al
injusto paso del ser incalculable” (pág. 90), en los versos siguientes: “Qué
puedo hacer ya. Confusión entre las hojas de hierba. Hervor Pasado, de hace
unos instantes, ruina de pánico encuentro con el cuerpo prohibido”. Al igual
que el autor de Hojas de hierba, el gran poeta estadounidense Walt
Whitman, Jack recoge la frase incalculable y le da forma en los anteriores
versos, modelando un escenario de acciones de alto calibre y mencionando de
forma tangencial, pero fundamental, al erotismo; creando en el lector una
adicción a decodificar todas las muestras posibles que existen en sus poemas.
Se ha originado un ente de retroalimentación con el lector, llegando a niveles
de comunicación insospechados.
Las
consecuencias del infierno ha adquirido una nomenclatura cíclica y de materia
volcánica, fiel a su naturaleza que la compone, ya que condensa ciertos
hemisferios de sensibilidad asombrosa, que hace comenzar a perdurar en la
trasce
ndencia.
Dejemos
que el infierno y sus consecuencias, traigan consigo a todas las creencias y
ritos a que nos adhiere; inventemos con sus cielos adversos y diafragmas
oscuros, el real sentir del infierno, propagado por todas las alteraciones y
éxtasis a que sólo nos puede llevar la literatura.
En: Revista Kcreatinn Creación y
más. Año VIII, Vol. 2, N° 13 | Cajamarca, I semestre de 2014, pp. 2-9.

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