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Mostrando las entradas de noviembre, 2025

EL FUEGO DE LA EXISTENCIA, por Jack Farfán Cedrón

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    Ningún intelectual se debe a su terruño, ni a su morada o a su patria; no a las babas del reconocimiento; no a los lectores que nunca opinan un carajo, ¡no! Los intelectuales no se deben, en suma, a nadie, excepto a su trabajo. De seis a seis, sin excluir domingos. Mientras haya incendios, inundaciones, terremotos, bombardeos, deslizamientos, política; antes, mucho más debe trabajar, como un negro el intelectual. Las pocas horas que le restan del trabajo con el que se gana la vida; esas, debe aprovecharlas a toda máquina. Aquí, en esta dura pelea de natos escritores y máquinas pensantes no hay tregua, no hay descanso, no hay padrinos, no hay vara. Ni siquiera hay un plato rajado en que beber agua, como gato; o beber la luna de agua sobre el plato lechero. Si te atrofias como un nigromante, encerrado en la cueva de las sombras etéreas, ese no es problema de los otros; es sólo tu problema. La vida bulle, quema, arde, se incinera. Se están matando allá afuera. Pero ...

"Cantárida", por Jack Farfán Cedrón

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CANTÁRIDA Una flor traslúcida En medio de la catarata de luz Peina la rama tranquila en que estoy Ventiscas enfrente La otra ribera Liado moscardón Al pesar de horas secretas Una finísima chorrera aviva el transcurso Desde el oscuro destiempo Hacia el oro delta Donde urden qué paz montañas secretas El hielo del parlante pasado deglutido  Será por lis deshojando de días y días Si el lago calmo hereda del reflejo Sumo eco de voces Cantárida al fleje entre montañas de duda Y liliáceo dormido De orquídeas ¡Respirad el aire que dejas! ¡Oh, fortuna de los dones¡ Jack Farfán Cedrón noviembre 9, 2025

"Cirro de amor dorado", por Jack Farfán Cedrón

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  CIRRO DE AMOR DORADO Te adoro mientras derrama su sangre el último cirro de la tarde, leal a ti, como un mitómano salvaje que emprendiera un viaje sin retorno; te adoro mientras recorro la carne viviente de tus labios, con la alegría de un ser enloqueciendo entre sus lágrimas. Te adoro con la sola bondad de una pluma sin peso, restando del átomo del aire que respiras, todo el amor que eres. Ante la ciega noche y sus bombardas azules, te adoro con la solariega canción del soplo, ¡Oh, amantes lejanos! Te adoro cuando no estás aquí, cuando me atas a tu bendito recuerdo, cuando ríes para que todas las alegrías nos circunden, cuando arde el tiempo mientras permanece la hora del exilio. Te adoro mientras la llama celeste une su santidad a la flama inextinguible, la del amor eterno como fugaz es el humo que se disipa entre las nubes etéreas. Porque de oro es el amor, te adoro cuando te contemplo, y tú, distraída; cuando siento tras de mí tus ojos amándome en silencio; porque amo todo lo...